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viernes, marzo 26, 2010

La godarria renacida...

EN LAS FAMILIAS DE LOS CONSERVAdores no hay maricas. Nunca, ni uno solo, ni entre los primos lejanos, ni entre los tíos cercanos, y menos entre los hermanos, jamás.

A este pecado lo llaman pederastia y para ellos los liberales son eso: pederastas. Todas sus bodas son heterosexuales y felices, porque los godos no son infieles tampoco: los matrimonios les duran toda la vida, porque ellos nunca han deseado a la mujer del prójimo, ni fornican, ni se masturban, ni se les ocurren malos pensamientos. Además tienen muchos hijos: todos los que mi Dios les quiera mandar. Los neocons no beben; tal vez bebieron en la lejana juventud, pero ahora no se toman ni un vinito disuelto en agua bendita. No han probado la marihuana. ¿La coca? ¿Qué es eso? No les falta la corbata ni siquiera al desayuno: los godos siguen las formas, visten a la antigua, se reconocen entre ellos por los zapatos recién embetunados.

Los conservadores oyen misa entera todos los domingos y fiestas de guardar. Comulgan con la cabeza gacha. Y rezan el rosario. Y el Magníficat. Y los mil Jesuses. Dan limosna a los gritos. Se confiesan (¿pero de qué?) por Pascua de Resurrección. Los godos creen que lo que ha hundido a Colombia es la falta de valores, el alejamiento de la práctica de los sacramentos, el olvido de Dios. ¿La pobreza? La pobreza es (los godos saben inglés) “a blessing in disguise”, una bendición disfrazada, pues ya lo dijo Jesús en el Sermón de la Montaña: bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Los godos no tienen sexo antes del matrimonio; postergan el gustico. Llegan vírgenes a la luna de miel, hembras y hombres. Odian la píldora (que vuelve adúlteras a las mujeres) y el condón (que propicia la promiscuidad). Los conservadores quieren prohibir la dosis personal, que es causa de la perdición de nuestra juventud. Y creen que es conveniente que la gente permanezca en la clase en la que nació, sin pretender subir, sin que impuestos indebidos los hagan bajar. La herencia, el patrimonio, la tradición, la familia: ahí están los bastiones de la nación.

Los godos son antisemitas, porque detestan que muchos judíos tengan plata. Admiran los regímenes árabes teocráticos, porque allá sí se toma en serio la religión. Y odian el aborto, los métodos anticonceptivos, porque así se atenta contra la vida humana. Pero adoran la pena de muerte, eso sí. Y bendicen las armas, las defienden, y veneran al Ejército; ven un General y tienen una erección, le besan la espada como al obispo en anillo, y quisieran que todos los ciudadanos de bien (y ellos definen quiénes son los de bien) andaran armados, para defender el honor de la patria (los godos aman la palabra “Patria” y la pronuncian con mayúsculas) y para matar a tanto guerrillero que anda suelto por ahí.

Para resumir: lo que define a los godos es la hipocresía. Son hipócritas. Porque predican todo esto y viven en concubinato. O son tan infieles como cualquier otro. Y no salen del clóset porque son cobardes. Y van donde las putas a horas más oscuras, esperando que nadie los vea, y se ponen condón (porque saben que les previene la blenorragia). Y evitan los hijos cuando ya tienen dos. Y se emborrachan tanto o más que nosotros, pero se hacen los que no. Y han probado de todo, pero al escondido, y negándolo incluso por la santa cruz. Y adoran a los pobres, supuestamente, pero nada les interesa más que la plata, los negocios, y no sólo salir de la pobreza sino acrecentar por cualquier medio la riqueza. Y se creen impecablemente vestidos pero los pies les huelen y el cuerpo les suda, y van al baño, y hieden como cualquiera de nosotros, no son cuerpos gloriosos. Y hablan tan mal inglés como nosotros, pero disimulan mejor. Y les aprieta la corbata, y les estorba, pero las formas son las formas.

Y son antisemitas pero contratan a Yair Klein, que les enseña a matar, y no mueven un dedo por los palestinos. Y dicen amar la Patria, pero sacan de ella sus ahorros y sobornan a los funcionarios de Catastro, y capan impuestos. No llegan vírgenes al matrimonio. Y cometen adulterio. Y se hacen la paja. Y son tan humanos como nosotros, sólo que viven en un mundo ficticio: un mundo del deseo, del sermón moralista, de los grandes aspavientos éticos. Son una farsa asquerosa y en su carita de falsos santos se les ve. Como este hijo que le resultó al gran Legionario de Cristo. Basta escarbar un poco. No nos dejemos engañar.

Por: Hector Abad Faciolince - Columnista Diario El Espectador.

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